Cuando comenzó a debatirse públicamente la adopción muchos chicos eran entregados directamente a matrimonios, a veces con pago de dinero a las madres, otras por puro reconocimiento de la imposibilidad de criarlos. Se habían desarrollado organizaciones de compra-venta de chicos. Y la consecuencia para los propios niños solía ser la de criarse no solamente con un matrimonio que no tenía vínculo de sangre sino que frecuentemente mentía sobre el origen, provocando angustias y problemas psíquicos. Tarde o temprano el chico “sabía y no sabía” sobre su realidad e identidad, y muchos enloquecieron por esto, maltrataron a sus padres o inclusive los asesinaron.
Más adelante, en los años 1976/1980 aproximadamente, quienes formaron parte de este tráfico fueron personas allegadas o vinculadas a las fuerzas armadas que estaban combatiendo contra terroristas o supuestos terroristas.
Era una tragedia llena de engaños, de mentiras, de datos falsos.
No obstante, tanto en el caso de los chicos “puestos”, comprados, apropiados o cosas semejantes, se dieron muchas situaciones de crianzas fructíferas, cariñosas, con enorme apego e integración a la familia, educación y salud adecuados, generación de vínculos extendidos, conocimiento de todas las verdades disponibles. A pesar de un origen no lícito o dudoso, la convivencia, el curso de la vida, el amor y los perdones y comprensiones mutuos han dado quizás tan buenos resultados como pudieron dar malos o negativos. De esas historias, las positivas, poco se sabe porque no trascienden y porque no forman parte del negocio de nadie.
Hago esta introducción porque la situación presente -que es también bastante mala para muchos niños- es un poco el fruto de antiguos errores que quisieron corregirse con nuevas leyes. Me pregunto qué es lo que se ha conseguido con tan buenas intenciones.
Hoy en Argentina sigue siendo posible comprar niños y venderlos, pero cada vez las personas tienen mayor conciencia de que es algo malo tanto para el chico como para la familia. Progresivamente va disminuyendo esa forma de incorporar un niño para la crianza.
Pero el sistema legal inventado -y la interpretación centrada en los adultos que hacen los jueces y funcionarios- está causando casi tantos abandonos y pérdidas de posibilidades de amor y amparo como pudieron haberse dado con otros métodos ilegales.
El nuevo código civil fija un plazo de seis meses -180 días- para que el juez decida declarar a un niño en estado de ser adoptado.
Esto significa, claramente, que durante seis meses ese niño tiene que ser cuidado, las 24 horas del día y los 7 días de la semana por alguien. Una persona o matrimonio que desarrollarán con él un reconocimiento, afecto, empatía, modalidades y costumbres. En definitiva, entre esas personas y el chico nacerá un vínculo.
Pero la ley no permite que si esas personas -o ellas y el propio niño- deciden continuar la familia así iniciada, puedan hacerlo.
¿Por qué? ¿Qué es lo que la ley ha pensado o qué valores ha privilegiado? Claramente los de otros matrimonios que están esperando para adoptar. Entre el niño, sus afectos y su interés superior y un ignoto matrimonio desconocido para él, eligen por el matrimonio por razones de un supuesto equilibrio o justicia... para los adoptantes. El chico que se embrome.
Otra situación se da con las familias que abandonan o no se ocupan de un hijo y son pobres.Cuando el juez o las autoridades que se encargan del amparo de niños se enteran de la existencia de un niño desamparado por esta razón (muchas veces viviendo en la calle, sin vacunas, sin escolaridad, mal alimentado, con frío) tienen prohibido considerar que ese descuido sea motivo como para confiar su crianza a otra familia.
De nuevo ¿en quién ha pensado la ley? ¿a quién privilegia aquí? Las consecuencias del chico desamparado por pobreza las vuelve a pagar él, porque su destino es ingresar a un colectivo de niños custodiados por agentes del Estado, que tampoco tienen permitido encariñarse ni formar con ellos una familia. De modo que la pobreza y descuido sufridos por él son una barrera para que pueda formar parte de una familia normal.
Otra situación que comienza a debatirse ahora es la de la madre que no cuida a su hijo como parte de los efectos de una enfermedad mental. También en estos casos, y como la ley supone que las personas con enfermedades mentales tienen derecho a mantener el uso de su capacidad, se condena al hijo a no ser criado adecuadamente, a no ser querido. Por supuesto que es injusto que una madre con deficiencias mentales no pueda ocuparse de su hijo. Pero no es la ley la que lo impide. Es la naturaeza, la realidad de su patología. Si se obliga al hijo a tolerar esta situación ¿a quién estamos amparando? En general se trata de mujeres que ya han demostrado ampliamente que no cuidan o no pueden hacerlo a sus hijos por más que quieran. Por supuesto que no es intencional, que no hay maldad en esto, pero la realidad es que el chico no tiene quién se ocupe de él. Y tantas veces el contacto con enfermos mentales provoca patologías o sufrimiento psíquico en las personas del entorno. ¿Estamos autorizados a obligar a los chicos a padecer esto solamente porque la madre declare que se quiere ocupar ella?
Ahora el Registro Unico de Aspirantes a Guardas para Adopción ha agregado un elemento más que dificultará a muchos chicos relacionarse con adultos que puedan quererlos y vincularse con ellos.
En su programa de vinculaciones afectivas de niños que viven en hogares, ha puesto tantos condicionamientos, trabas y prohibiciones para que los chicos consigan amigos e interesados en ellos que pareciera que quieren dificultar para siempre todas las formas naturales de relacionamiento entre personas.
¿Dónde encontramos los afectos? Seguramente las mayores posibilidades se darán en el barrio, en el club, en la escuela. De allí salen los amigos, los novios, los referentes, los liderazgos. En definitiva, los amores vinculares en sus diferentes formas, parecidas a las de los padres e hijos.
Las nuevas reglamentaciones ordenan que cualquier persona que conozca a un niño que vive en un hogar bajo estas circunstancias (a las que habría que agregar, como personas con mayores posibilidades los propios cuidadores o terapeutas de esos hogares), tienen prohibido afianzar esa relación y encargarse del cuidado del chico en sus propios ámbitos.
Por supuesto que es fácil adivinar de dónde viene esta desconfianza. En definitiva es nuevamente privilegiar a los ignotos candidatos a adopción -de los que ni siquiera se sabe en la mayor parte de los casos su concreta aptitud de crianza- y evitar que los chicos y esas personas que ya conocen puedan quererse.
¿Es posible imaginar mayor crueldad? Los chicos tienen así como destino el de vivir en un hogar donde está prohibido quererlos, si se los conoce está prohibido tener esperanzas de desarrollar un vínculo.
Toda esta espera, toda esta postergación, que a veces lleva todos los años de la infancia, aguardando a la fuerza algo que solamente beneficiará a un adulto. Los padres pobres que sean ayudados por el Estado, la madre loca que se recupere, el padre preso que salga de la cárcel. Y mientras tanto, toda amistad evitada.
Pobres chicos.
Alejandro Olazábal