jueves, 14 de febrero de 2019

ADOPCIÓN DESAFINADA


      No sé si vieron la película de Fellini “Prova D’Orchestra”. La historia sucede durante el ensayo de una orquesta de música clásica. Todos los músicos tienen la parte que les corresponde en la pieza, todos parecen ser buenos ejecutantes, todos saben leer la partitura. Pero nada termina nunca de salir bien, por razones que no son estrictamente musicales sino de “derechos”. El derecho de la violinista a no tocar porque está menstruando, el derecho de abstenerse en la hora del almuerzo, el derecho del dirigente sindical de interrumpir el ensayo para arengarlos sobre sus derechos. Y el derecho de cada uno a expresar sus puntos de vista. Hay un director, pero carece totalmente de autoridad. Le queda solamente un poquito, cuando todos los derechos de cada uno, del gremio, etc. le permiten insistirles en que se pongan de acuerdo y toquen.
Siempre que pienso en los trámites de adopción me acuerdo de esa película y de lo que anticipaba sobre una sociedad llena de derechos, y no amalgamada por el amor (como quisieran las religiones), o por el miedo (como en las tiranías).
Todos saben más o menos en qué consiste la adopción. Es buscar una familia para un niño que no la tiene.
No se trata de una creación o invento legal sino de algo que existió siempre en la humanidad, con o sin nombre, con o sin leyes escritas. Podemos también comprobarlo como algo natural porque en los animales hay mil formas por las cuales un adulto se hace cargo de un pequeño que no es su hijo biológico.
En Argentina se dió de muchas maneras a lo largo de la historia. Niños dejados por sus madres pobres al cuidado de familias con más recursos (muchas veces hijos de sirvientas o esclavas). O las casas de niños huérfanos o expósitos, generalmente a cargo de comunidades religiosas, que permitían a las familias que lo quisieran retirar de allí niños para hacerse cargo y educarlos.
Cuando se organizaron nuestras leyes civiles en un código Vélez Sársfield que fué el que lo escribió no quiso reglamentar la adopción. A él le parecía que la tutela era suficiente, porque lo que le parecía necesario era que el Estado pudiera controlar los temas económicos del niño, y darle un representante, que era el tutor, que pudiera ser supervisado por el juez y el defensor de menores.
Ni por las tapas se le pasó por la cabeza llamar “hijo” al tutelado o pupilo, porque evidentemente no lo era. Y Vélez quiso luchar ni con el idioma ni con las palabras.
Siempre existió en nuestra legislación el derecho de hacer testamento y donaciones. Esto le pareció suficiente como para que los que hubieran criado a un niño lo pudieran nombrar heredero si quisieran dejarle un patrimonio al fallecer o que pudieran donarle algo en vida.
El caso es que en las primeras décadas del siglo XX se insistió con una ley de adopción, que básicamente consiste en llamar hijo al que no lo es, y padre y madre a los que no lo son. 
Todo el contenido real de la relación entre un niño y los adultos que lo quieren “como un hijo” ya existía y seguiría siendo igual, con los matices y circunstancias de cada caso particular. Porque ya sabemos que no todo es como queremos que sea y por lo tanto hay hijos biológicos no queridos por sus padres o hijos que no los quieren, y también hijos adoptivos que quieren a sus padres adoptivos “como padres verdaderos”.
Lo que cambiaron las leyes de adopción no es esto, que por otra parte ninguna ley podría cambiar.
Esas leyes buscaron “ordenar” la forma de encuentro entre los adultos (matrimonios o solteros) con los niños. En ese orden se pensaba en evitar que los adultos recibieran niños directamente de las madres, ya sea por compra, préstamo o donación. Se veía en esta forma de entrega el efecto de las diferencias económicas y sociales, el abuso de una posición social de mayor fuerza. También, entiendo yo, que se procuraba no permitir que personas que fueran capaces de actos tan deshonestos como comprar chicos pudieran hacerlo.
Al mismo tiempo, la intención fué la de evaluar las condiciones de los adultos para hacerse cargo de chicos desamparados, y, dentro de todos los que querían adoptar, hacer una especie de ranking que favoreciera a los que no podían tener hijos naturalmente.
Por supuesto que para los niños la intención de esas leyes siempre fué la misma: darles una familia que pudiera quererlos, cuidarlos y educarlos. Una familia lo más parecida a las familias de sus congéneres y amigos.
Sucesivamente fueron creándose organismos, casi todos estatales, con la intención declarada de mejorar todos los aspectos. Hogares para niños, listas de adoptantes, juzgados de familia, defensores de menores, tutores especiales para los niños, defensorías dependientes de los gobiernos provinciales y la Ciudad de Buenos Aires. Pero también, por supuesto, defensores gratuitos para las madres en situación vulnerable, trabajadores sociales, etc.
Es, como en la película de Fellini, una enorme orquesta. Todos conocen bien la melodía escrita: el interés superior del niño. Pero el resultado no es bueno.
Las defensorías quieren mantener su propio espacio y se pelean con los jueces. Ellas se sienten con derecho a decidir dónde vivirá el niño hasta que sea adoptado. Si eligen una familia que cuide provisoriamente al niño le prohiben a esa familia y al niño quererse entre sí. El Estado declara ilegal el amor. Por más que el chico y esos adultos estén meses y meses juntos, no pueden aficionarse entre sí. El niño tiene el “derecho” -en realidad está obligado- a guardar su cariño para sus padres legales o reglamentarios. Mientras tanto no puede pasar nada. Ni hacerse amigo de los otros hijos del matrimonio, ni considerar primos a los de la familia extensa que ve todo el tiempo.
Cada disputa o diferencia de opinión entre el juez, el defensor de menores, las defensorías locales, los guardadores o los padres biológicos da lugar a trámites, resoluciones, apelaciones y pérdidas de tiempo que tiene que soportar el niño, entrampado en el lugar donde lo hayan agarrado esos conflictos: puede ser un hogar, un matrimonio que no sabe si encariñarse o no. Y cuando los tribunales finalmente resuelven normalmente dejan de lado los meses o años transcurridos y los vínculos de amor y costumbre generados entretanto.
Sólo se escucha a los adultos. Es por eso que hay una fuerte inclinación política a permitir que parejas homosexuales adopten niños. Puede ser que jurídicamente no haya mayores objeciones, pero nadie piensa en que el hijo de una pareja gay tiene que ir al colegio. A el que se sabe distinto, adoptado, se le impone además la carga de tener que defender costumbres o ideologías que sus compañeros no entienden ni comparten. Por más que le hayan tocado dos personas buenas, se ve en la necesidad desde chico de salir a defender varias cosas de su realidad que le quitan energías y le arruinan la infancia. Cualquier chico que pudiera expresar sus sentimientos pediría “un papá y una mamá”. Nadie de los adultos repara en esto.
Otro hecho de la ley muy malo es darle al no hijo la condición de hijo. Podrían darse iguales derechos, pero la realidad no debe ser torcida. El hijo es el que nació de forma biológica de la madre que lo está criando. Y no hay ningún demérito en querer a un niño “como” un hijo.
El sistema actual ha evitado la compra y regalo de niños hasta cierto punto. No del todo. Pero ha dificultado enormemente que los chicos desamparados encuentren rápidamente quien se encargue de ellos.

viernes, 19 de mayo de 2017

UN NUEVO AMOR PROHIBIDO. UNA NUEVA OCASIÓN DE SOLEDAD




   Cuando comenzó a debatirse públicamente la adopción muchos chicos eran entregados directamente a matrimonios, a veces con pago de dinero a las madres, otras por puro reconocimiento de la imposibilidad de criarlos. Se habían desarrollado organizaciones de compra-venta de chicos. Y la consecuencia para los propios niños solía ser la de criarse no solamente con un matrimonio que no tenía vínculo de sangre sino que frecuentemente mentía sobre el origen, provocando angustias y problemas psíquicos. Tarde o temprano el chico “sabía y no sabía” sobre su realidad e identidad, y muchos enloquecieron por esto, maltrataron a sus padres o inclusive los asesinaron.
  Más adelante, en los años 1976/1980 aproximadamente, quienes formaron parte de este tráfico fueron personas allegadas o vinculadas a las fuerzas armadas que estaban combatiendo contra terroristas o supuestos terroristas.
    Era una tragedia llena de engaños, de mentiras, de datos falsos.
  No obstante, tanto en el caso de los chicos “puestos”, comprados, apropiados o cosas semejantes, se dieron muchas situaciones de crianzas fructíferas, cariñosas, con enorme apego e integración a la familia, educación y salud adecuados, generación de vínculos extendidos, conocimiento de todas las verdades disponibles. A pesar de un origen no lícito o dudoso, la convivencia, el curso de la vida, el amor y los perdones y comprensiones mutuos han dado quizás tan buenos resultados como pudieron dar malos o negativos. De esas historias, las positivas, poco se sabe porque no trascienden y porque no forman parte del negocio de nadie.
   Hago esta introducción porque la situación presente -que es también bastante mala para muchos niños- es un poco el fruto de antiguos errores que quisieron corregirse con nuevas leyes. Me pregunto qué es lo que se ha conseguido con tan buenas intenciones.
   Hoy en Argentina sigue siendo posible comprar niños y venderlos, pero cada vez las personas tienen mayor conciencia de que es algo malo tanto para el chico como para la familia. Progresivamente va disminuyendo esa forma de incorporar un niño para la crianza.
  Pero el sistema legal inventado -y la interpretación centrada en los adultos que hacen los jueces y funcionarios- está causando casi tantos abandonos y pérdidas de posibilidades de amor y amparo como pudieron haberse dado con otros métodos ilegales.
   El nuevo código civil fija un plazo de seis meses -180 días- para que el juez decida declarar a un niño en estado de ser adoptado.
   Esto significa, claramente, que durante seis meses ese niño tiene que ser cuidado, las 24 horas del día y los 7 días de la semana por alguien.       Una persona o matrimonio que desarrollarán con él un reconocimiento, afecto, empatía, modalidades y costumbres. En definitiva, entre esas personas y el chico nacerá un vínculo.
    Pero la ley no permite que si esas personas -o ellas y el propio niño- deciden continuar la familia así iniciada, puedan hacerlo.
  ¿Por qué? ¿Qué es lo que la ley ha pensado o qué valores ha privilegiado? Claramente los de otros matrimonios que están esperando para adoptar. Entre el niño, sus afectos y su interés superior y un ignoto matrimonio desconocido para él, eligen por el matrimonio por razones de un supuesto equilibrio o justicia... para los adoptantes. El chico que se embrome.
     Otra situación se da con las familias que abandonan o no se ocupan de un hijo y son pobres.Cuando el juez o las autoridades que se encargan del amparo de niños se enteran de la existencia de un niño desamparado por esta razón (muchas veces viviendo en la calle, sin vacunas, sin escolaridad, mal alimentado, con frío) tienen prohibido considerar que ese descuido sea motivo como para confiar su crianza a otra familia.
     De nuevo ¿en quién ha pensado la ley? ¿a quién privilegia aquí? Las consecuencias del chico desamparado por pobreza las vuelve a pagar él, porque su destino es ingresar a un colectivo de niños custodiados por agentes del Estado, que tampoco tienen permitido encariñarse ni formar con ellos una familia. De modo que la pobreza y descuido sufridos por él son una barrera para que pueda formar parte de una familia normal.
    Otra situación que comienza a debatirse ahora es la de la madre que no cuida a su hijo como parte de los efectos de una enfermedad mental. También en estos casos, y como la ley supone que las personas con enfermedades mentales tienen derecho a mantener el uso de su capacidad, se condena al hijo a no ser criado adecuadamente, a no ser querido. Por supuesto que es injusto que una madre con deficiencias mentales no pueda ocuparse de su hijo. Pero no es la ley la que lo impide. Es la naturaeza, la realidad de su patología. Si se obliga al hijo a tolerar esta situación ¿a quién estamos amparando? En general se trata de mujeres que ya han demostrado ampliamente que no cuidan o no pueden hacerlo a sus hijos por más que quieran. Por supuesto que no es intencional, que no hay maldad en esto, pero la realidad es que el chico no tiene quién se ocupe de él. Y tantas veces el contacto con enfermos mentales provoca patologías o sufrimiento psíquico en las personas del entorno. ¿Estamos autorizados a obligar a los chicos a padecer esto solamente porque la madre declare que se quiere ocupar ella?
   Ahora el Registro Unico de Aspirantes a Guardas para Adopción ha agregado un elemento más que dificultará a muchos chicos relacionarse con adultos que puedan quererlos y vincularse con ellos.
   En su programa de vinculaciones afectivas de niños que viven en hogares, ha puesto tantos condicionamientos, trabas y prohibiciones para que los chicos consigan amigos e interesados en ellos que pareciera que quieren dificultar para siempre todas las formas naturales de relacionamiento entre personas.
 ¿Dónde encontramos los afectos? Seguramente las mayores posibilidades se darán en el barrio, en el club, en la escuela. De allí salen los amigos, los novios, los referentes, los liderazgos. En definitiva, los amores vinculares en sus diferentes formas, parecidas a las de los padres e hijos.
   Las nuevas reglamentaciones ordenan que cualquier persona que conozca a un niño que vive en un hogar bajo estas circunstancias (a las que habría que agregar, como personas con mayores posibilidades los propios cuidadores o terapeutas de esos hogares), tienen prohibido afianzar esa relación y encargarse del cuidado del chico en sus propios ámbitos.
    Por supuesto que es fácil adivinar de dónde viene esta desconfianza. En definitiva es nuevamente privilegiar a los ignotos candidatos a adopción -de los que ni siquiera se sabe en la mayor parte de los casos su concreta aptitud de crianza- y evitar que los chicos y esas personas que ya conocen puedan quererse.
   ¿Es posible imaginar mayor crueldad? Los chicos tienen así como destino el de vivir en un hogar donde está prohibido quererlos, si se los conoce está prohibido tener esperanzas de desarrollar un vínculo.
    Toda esta espera, toda esta postergación, que a veces lleva todos los años de la infancia, aguardando a la fuerza algo que solamente beneficiará a un adulto. Los padres pobres que sean ayudados por el Estado, la madre loca que se recupere, el padre preso que salga de la cárcel. Y mientras tanto, toda amistad evitada.
    Pobres chicos.
Alejandro Olazábal

jueves, 8 de enero de 2015

LOS NIÑOS TAMBIÉN ADOPTAN UNA FAMILIA

Muchas personas quieren adoptar niños. Y también muchos niños y jóvenes quieren adoptar padres.
A partir de los seis o siete años de edad y hasta la adolescencia, hay niños que por distintas circunstancias de su historia personal están alejados de sus familias de origen o directamente no las tienen.
Ellos esperan encontrar una nueva familia a la que poder integrarse, y con la que puedan comenzar una nueva vida.
Es que, en estas edades, la adopción o es mutua o no funciona.
Tan importante es el deseo, la generosidad y la disposición de los adultos para integrar un niño, como que esa elección sea compartida y querida por los propios niños.
Ellos adoptan padres en un plano de igualdad con los adultos.
La decisión de adoptar un niño a partir de los seis años (mas o menos cuando comienza su escolaridad primaria) debe incluir la preparación espiritual de estar dispuestos a afrontar las consecuencias de los sentimientos, empatía, cultura y otras circunstancias, lo que implica el ser aceptado o rechazado por el propio niño o joven.
El desafío es apasionante y supone un ejercicio de humildad y disposición hacia sentimientos y condiciones de una persona en crecimiento a la que debe colocarse espiritualmente en un plano de digna igualdad, sabiendo de antemano que ninguno aportará mas que el otro, que cada cual le dará al otro algo que necesita y que lo hará mas feliz.
Para quienes sienten que pueden tener ese espacio disponible, que cambiará radicalmente sus vidas pero que implicará construir un nuevo vínculo permitiendo y propiciando que el hijo adoptivo también lo haga, no estará de mas aprender cómo es un niño y un joven a cada edad.
Aquí les dejo un link que describe brevemente las etapas de evolución de los chicos y chicas hasta la adolescencia.
Quienes tengan interés pueden hacer preguntas que contestaré, como forma de ir comenzando un diálogo sobre los niños que adoptan padres.

http://www.uchicagokidshospital.org/online-library/content=S05282

miércoles, 7 de enero de 2015

sábado, 26 de abril de 2014

Con los adolescentes es otra cosa

No podrás acunarlo. No te dejará supervisarlo cuando se baña. No podrás elegirle la ropa. Ni  decidir el largo de su pelo. No te contestará siempre. No te verá ni como Superman ni como La Mujer Maravilla. No te agradecerá lo que creas que estás haciendo por él.
Defenderá sus puntos de vista. Discutirá y cambiará de argumentos solamente para mortificarte. Se encerrará en su habitación. Preguntará por sus padres biológicos, a los que querrá conocer. Comerá mas o menos lo que a el le guste. No se preocupará de hábitos saludables. Cuestionará tus convicciones religiosas. Encontrará y te hará evidentes esos defectos tuyos que querés ocultar. Desestabilizará tu matrimonio, aliándose con vos o con tu cónyuge.
Habrá días en los que te preguntarás en qué te has metido. Tiempos en los que no verás nada positivo en haber incorporado a tu familia a un preadolescente o adolescente.
Pero te aseguro que de vez en cuando, aquí y allá, y siempre que vos y tu cónyuge se hayan entregado a ese desafío con sencillez, humildad y paciencia infinita, recibirán gratificaciones inmensas.
Ese chico o esa chica están en una etapa de sus vidas en la que se transforman en adultos. Ese tiempo dura unos cuantos años (demasiados dicen todos los padres), y es coincidente con una etapa en que nosotros, los adultos, empezamos a bajar el copete en nuestra autoridad de padres y hacemos el recorrido de respetar lo que los jóvenes tienen de adultos y a la vez continuar con la labor paterna en lo que todavía está en desarrollo.
Llevar a nuestra familia una persona de estas edades constituye un reto porque la adopción en ese momento va hacia un vínculo mucho mas horizontal, mas de igual a igual, mas de amigo a amigo, mas de compañeros.
Es por eso deseable que simpatices con el chico o chica que te proponés adoptar, y que descubras si el sentimiento es mutuo. Si se caen bien los dos entonces él se dejará adoptar y vos podrás cumplir con tu papel de padre.
Fijate si te caen bien los adolescentes en general. Preguntá a tus amigos que tienen alguno en la casa cómo son.
Nunca te decidas a adoptar si pensás que es una obra de bien, o que alguien tendrá algo que agradecerte.
Buscá mejor el encuentro entre dos personas, porque vos tenés mucho para dar y también mucho por recibir. Y al niño o joven le sucederá lo mismo.


Alejandro Olazábal

viernes, 25 de abril de 2014

La historia de María de los Ángeles

La historia de María de los Ángeles
   “Lo que nos pasó con María de los Ángeles fue una cosa mágica, un regalo de Dios”, aseguró Raúl, quien adoptó hace mucho tiempo una nena de 8 años. “Cuando llegó no sabía ni contar hasta tres, tenía problemas de aprendizaje, pero iba evolucionando por la contención de una familia. Nos dijeron que íbamos a tener serios problemas, pero no nos importó nada”, afirmó convencido Raúl y agregó: “Y esa nena con problemas de aprendizaje, terminó la primaria, se recibió de Técnica Agrónoma y hoy tiene 29 años y nos va a hacer abuelos por segunda vez”.
   “En condiciones normales no hubiésemos pensado en adoptar alguien de 8 años. Eso no significa que todo sea color de rosa: tuvimos y tenemos todas las alegrías y preocupaciones que puede dar cualquier chico a partir de esa edad. Pero es importante pensar que un chico con 5, 8, 12 años tiene una posibilidad para un matrimonio y para él mismo. No le estamos haciendo un bien al chico, sino que es mutuo; y estamos a tiempo. Pensamos en un bebé porque creemos que es la única salida, que así lo vamos a hacer a nuestra forma, pero no es así”, reflexionó Raúl.

http://www.ellitoral.com/index.php/diarios/2009/03/23/metropolitanas/AREA-04.html

sábado, 5 de abril de 2014

Padres e hijos que se buscan

              PADRES E HIJOS QUE SE BUSCAN
 
     ¿Hay amor más grande que el que puede encontrarse en el seno de una familia? Cuando eso existe, tanto padres como hijos salen enriquecidos por una relación plena, respetuosa, que permite crecer y confiar en el mundo. Pero sabemos muy bien que hay todavía, y en particular en nuestro país, una gran cantidad de adultos que sueñan con ser padres y formar una familia con niños que, aunque no sean de su propia sangre, quieren ardientemente aprender a querer, y que también hay, del otro lado, muchos chicos que siguen esperando ese milagro de tener el derecho de pertenecer a una familia.

     La adopción, una palabra maravillosa, es, sin embargo, la pantalla detrás de la cual ocurre un complejo entramado de voluntades y de disposiciones legales, de ideologías y posiciones filosóficas que colocan el debate a veces lejos de donde debería estar. Cerca del niño desamparado, o necesitado de una familia.

     A pesar de que en la Argentina existe la ley nacional de adopción 24.779 - según la cual todos los niños y adolescentes privados de su medio familiar o cuyo superior interés exija que no permanezcan en ese medio tendrán derecho a la protección y asistencia especial del Estado entre cuyos cuidados se encuentra la adopción-, esto no significa que en la práctica estén resueltos los infinitos pasos que llevan a una feliz resolución de cada caso. Y el tiempo que los niños en adopción pasan en los hogares de tránsito, cuanto mayor sea, más juega en contra de una adaptación plena si llega a ser adoptado. Muchas veces los adoptantes solo quieren niños muy chicos, bebes si es posible, y no buscan chicos mayores, grupos de hermanos o niños con alguna discapacidad.

     Uno de los objetivos de la Dirección Nacional del Registro Único de Aspirantes a Guarda con Fines Adoptivos (Dnrua) es, justamente, lograr contar con un registro nacional que facilite la inscripción de los postulantes en su lugar de origen, y que esto los habilite a adoptar a un chico de cualquier otra provincia. Esto contribuiría también a terminar con otra problemática íntimamente vinculada con la adopción: el crecimiento del tráfico de menores y el abuso de la entrega directa, absolutamente ilegal.

     A pesar de todo el amor que tienen para dar, a los postulantes a padres les falta mucha preparación y, también, hasta olvidan que la materia prima sobre la que se enfocan todos -futuros padres, jueces, organismos sociales y ONG- es la vida de un chico.

     Es mucho lo que se ha avanzado, sin embargo, los expertos están de acuerdo en señalar lo que falta todavía para mejorar el circuito de la adopción: acortar los plazos judiciales, brindar todos los apoyos necesarios para que las familias de origen puedan cuidar a sus hijos, que los jueces puedan hacer buenas evaluaciones de las familias de origen y de los matrimonios del registro. Y que muchos chicos empiecen a sentir que ellos sí son los elegidos por padres que quieren serlo definitivamente..

Sábado 05 de abril de 2014 | Publicado en edición impresa de "La Nación" de Buenos Aires. Suplemento Editorial. Comentario Editorial